La República, nacida en 1873 tras la abdicación de Amadeo I, atravesaba meses de caos: guerras carlistas, insurrecciones cantonales y luchas internas entre federalistas y unitarios. Emilio Castelar, presidente del poder ejecutivo, había perdido la confianza del Parlamento en una votación. Eso abría la puerta a que los federales tomaran las riendas. Fue entonces cuando el general Pavía, capitán general de Madrid, decidió intervenir.
En la mañana del 3 de enero, sus tropas rodearon el Congreso. Pavía envió un ultimátum exigiendo que se disolviera la sesión. El presidente de la Cámara, Nicolás Salmerón, trató de mantener la calma, pero la entrada de la Guardia Civil y de los soldados precipitó la salida apresurada de los diputados. La sesión quedó interrumpida y el Parlamento, clausurado.
¿Y el caballo? Aquí llega la parte más curiosa: Pavía no entró jamás en el hemiciclo, y mucho menos montado. Él permaneció fuera, al mando de la operación. Fueron los soldados quienes penetraron en el edificio. La famosa escena del “general a caballo dentro del Congreso” fue una exageración difundida años después, como caricatura de aquel golpe de Estado.
Tras el golpe, Pavía no asumió el poder directamente. Llamó al general Serrano, una figura respetada por los moderados, que formó un gobierno de carácter dictatorial. Así quedaba enterrada la Primera República, allanando el camino a la Restauración borbónica que llegaría meses después con Alfonso XII.
La leyenda del caballo de Pavía ha sobrevivido más que los hechos reales, pero resume bien el espíritu de aquel tiempo: un siglo XIX español en el que los militares tenían la última palabra y donde la fragilidad del parlamentarismo se imponía a la fuerza de las armas.

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