El Papa Luna: El pontífice inquebrantable que desafió a Europa



Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, conocido para la historia como el Papa Luna o Benedicto XIII, fue una de las figuras más fascinantes y controvertidas de la Baja Edad Media. Su vida, marcada por una profunda crisis en la Iglesia Católica, el Gran Cisma de Occidente, es el relato de una convicción inquebrantable en su legitimidad como sumo pontífice, una tenacidad que le llevó a enfrentarse a reyes, concilios y a la propia Roma, para finalmente morir aislado en la imponente fortaleza de Peñíscola, convertido en un símbolo de resistencia.

Orígenes nobles y una carrera eclesiástica brillante

Nacido en 1328 en Illueca, en el seno de uno de los linajes más ilustres del Reino de Aragón, los Luna, Pedro de Luna estaba destinado a una vida de influencia. Como segundón de la familia, su camino se orientó hacia la Iglesia. Estudió Derecho Canónico en la prestigiosa Universidad de Montpellier, donde no solo se doctoró, sino que también impartió cátedra, forjándose una reputación de jurista experto y hombre de gran intelecto y austeridad.

Su ascenso en la curia fue rápido. Nombrado cardenal en 1375 por el papa Gregorio XI, formó parte de la corte pontificia que regresó de Aviñón a Roma en 1377, un movimiento que pretendía poner fin a casi setenta años de "cautiverio babilónico" del papado bajo la influencia francesa. Sin embargo, la muerte de Gregorio XI al año siguiente desató una crisis sin precedentes.

El estallido del Gran Cisma de Occidente

La elección del sucesor de Gregorio XI, Urbano VI, un italiano, se produjo en un ambiente de gran tensión y bajo la presión del pueblo romano que exigía un papa de su nacionalidad. Pronto, la mayoría francesa del colegio cardenalicio denunció haber votado sin libertad, declaró nula la elección y se retiró a Fondi, donde eligió a un nuevo papa, Clemente VII, quien reinstaló su corte en Aviñón. Así comenzó el Gran Cisma de Occidente, una fractura que dividiría a la cristiandad durante casi cuatro décadas, con dos papas que se excomulgaban mutuamente y que eran apoyados por diferentes reinos europeos según sus alianzas políticas.

Pedro de Luna, inicialmente, reconoció a Urbano VI, pero las formas autoritarias y los excesos del pontífice romano le llevaron, junto a otros cardenales, a unirse a la obediencia de Clemente VII. Como legado papal, desempeñó un papel crucial en la obtención del apoyo de los reinos hispánicos para la causa aviñonense.

Benedicto XIII: Un papa en tiempos de división

A la muerte de Clemente VII en 1394, el cónclave de Aviñón eligió por unanimidad a Pedro de Luna como su sucesor. Adoptó el nombre de Benedicto XIII. Su elección fue recibida con esperanza, pues se creía que su reputación de hombre dialogante y experto jurista podría poner fin al cisma. De hecho, antes de su elección, como los demás cardenales, había jurado trabajar por la unidad de la Iglesia, incluso si ello requería su propia abdicación.

Sin embargo, una vez en el solio pontificio, Benedicto XIII se convenció plenamente de la legitimidad de su causa y de que la solución al cisma pasaba por el reconocimiento de su autoridad. Rechazó la via cessionis (la abdicación de ambos papas), la via compromissi (someter la decisión a un arbitraje) y la via concilii (la convocatoria de un concilio general que decidiera sobre la legitimidad de los pontífices). Esta postura, que sus detractores tildaron de obstinación, se resume en la célebre frase que ha pasado al acervo popular español: "mantenerse en sus trece", en alusión a su nombre papal.

Su negativa a abdicar le granjeó la enemistad del rey de Francia, su principal valedor, que le retiró su apoyo y llegó a asediar el palacio papal de Aviñón durante varios años. Benedicto XIII resistió y, en una audaz maniobra, logró huir en 1403, buscando refugio en los territorios de la Corona de Aragón.

El Concilio de Constanza y el ocaso del Papa Luna

La situación de la Iglesia era insostenible. En 1409, un concilio en Pisa intentó solucionar el conflicto deponiendo a los dos papas existentes (el de Roma, Gregorio XII, y el de Aviñón, Benedicto XIII) y eligiendo a un tercero, Alejandro V. El resultado fue el contrario al deseado: la cristiandad pasó a tener tres papas.

La solución definitiva llegó con el Concilio de Constanza (1414-1418), convocado por el emperador Segismundo. El concilio logró la abdicación del papa romano, Gregorio XII, y depuso al papa pisano, Juan XXIII. Sin embargo, Benedicto XIII se negó a reconocer la autoridad del concilio para deponer a un papa legítimamente elegido.

A pesar de las presiones diplomáticas y de la visita del propio emperador Segismundo a Perpiñán para negociar su renuncia, el Papa Luna se mantuvo firme. Ante su inquebrantable postura, el Concilio de Constanza lo declaró hereje y cismático y lo depuso el 26 de julio de 1417. Poco después, el concilio eligió a un nuevo y único papa para toda la cristiandad, Martín V, poniendo fin al Gran Cisma de Occidente.

Peñíscola: El último refugio de un papa

Abandonado por casi todos los reinos que le habían apoyado, Benedicto XIII se retiró al castillo templario de Peñíscola, en el Reino de Valencia, cedido por la Orden de Montesa. Rodeado de un puñado de fieles, convirtió la imponente fortaleza en su sede papal, manteniendo una pequeña curia y actuando como si su autoridad sobre la Iglesia universal siguiera intacta.

Desde su roca inexpugnable, continuó nombrando cardenales, expidiendo bulas y defendiendo su legitimidad hasta su muerte el 23 de mayo de 1423, a la avanzada edad de 94 años. Sus últimas palabras, según la tradición, fueron: "Papa sum" ("Soy papa").

Tras su muerte, los cardenales que le permanecieron leales eligieron a un sucesor, Clemente VIII, que años más tarde abdicaría ante Martín V, poniendo el punto final a la doble obediencia papal.

Legado

La figura del Papa Luna es compleja y poliédrica. Para sus contemporáneos y para una parte de la historiografía, fue un personaje obstinado y orgulloso, principal responsable de la prolongación del cisma. Para otros, fue un hombre de profundas convicciones, un canonista riguroso que defendió lo que consideraba la verdadera legalidad de la Iglesia frente a las presiones políticas y a la novedosa y, para él, peligrosa idea de la superioridad del concilio sobre el papa (conciliarismo).

Más allá del juicio histórico sobre su persona, Benedicto XIII, el Papa Luna, se ha convertido en una figura legendaria, un símbolo de la resistencia a ultranza por unos principios, cuya historia sigue resonando en los muros del castillo de Peñíscola, el último bastión de un papa que se negó a que el mundo le dictara quién era.

Referencias

  • Álvarez Palenzuela, V. Á. (1982). El cisma de Occidente. Ediciones Rialp.

  • Cuella Esteban, O. (2003). Bulario Aragonés de Benedicto XIII, I. La curia de Aviñón (1394-1403). Institución «Fernando el Católico».

  • Moxó y de Montoliu, F. de. (1990). La Casa de Luna (1276-1348): factor político y lazos de sangre en la ascensión de un linaje aragonés. Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung.

  • Navarro Espinach, G. (2023). Benedicto XIII, el Papa Luna (1394-1423). Nuevas perspectivas 600 años después de su muerte. Specula: Revista de Humanidades y Espiritualidad, (7), 135-179.

  • Suárez Fernández, L. (2002). Benedicto XIII ¿Antipapa o Papa? 1328 - 1423. Editorial Ariel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.