23-F: la noche en que la democracia española se puso a prueba



Cada 23 de febrero, España vuelve la vista atrás hacia una de las jornadas más decisivas de su historia reciente. El 23-F no es solo una fecha en el calendario: es un recordatorio de la fragilidad y, al mismo tiempo, de la resistencia del sistema democrático nacido tras la Transición. 

La tarde del 23 de febrero de 1981, mientras el Congreso de los Diputados votaba la investidura de un nuevo presidente del Gobierno, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió en el hemiciclo pistola en mano, acompañado por un grupo de guardias civiles. Los disparos al techo y los gritos de “¡Quieto todo el mundo!” quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva de varias generaciones. 

En aquel momento, la joven democracia española atravesaba una etapa de incertidumbre. El desgaste político, la violencia terrorista y la crisis económica alimentaban un clima de inestabilidad. El Gobierno de Adolfo Suárez, artífice de buena parte de la Transición, había dimitido semanas antes, y el sistema parecía vulnerable a aventuras autoritarias. 

Durante largas horas, el país vivió pendiente de lo que ocurría dentro del Congreso y en los cuarteles. La televisión pública interrumpió su programación habitual, y millones de ciudadanos siguieron los acontecimientos con inquietud. La imagen de diputados retenidos en el hemiciclo simbolizaba el asalto directo a la soberanía popular. 

El desenlace llegó de madrugada, con el mensaje televisado del rey Juan Carlos I, vestido con uniforme militar, defendiendo la Constitución y el orden democrático. Aquella intervención resultó decisiva para frenar el golpe y aislar a los sublevados, consolidando el rechazo institucional al intento de involución. 

Más de cuatro décadas después, el 23-F sigue siendo objeto de análisis, debate y reinterpretación. Historiadores y periodistas continúan examinando documentos y testimonios que arrojan nuevas luces sobre lo ocurrido aquella noche. Sin embargo, el consenso básico permanece: fue un punto de inflexión que reforzó la legitimidad de la democracia española. 

Para quienes vivieron aquellos días, el aniversario mantiene una carga emocional evidente. Para las generaciones más jóvenes, en cambio, el reto consiste en comprender que las libertades actuales no son inevitables ni permanentes. El 23-F funciona así como una lección cívica: la democracia no solo se conquista, también se defiende. 

Recordar el 23-F no implica quedarse anclado en el pasado, sino asumir que la historia reciente sigue proyectando su sombra sobre el presente. En un contexto global donde resurgen discursos autoritarios, aquella noche de 1981 adquiere un nuevo significado: el de una advertencia y, al mismo tiempo, una afirmación de la capacidad de la sociedad española para resistir los embates contra sus instituciones.