Hoy vuelvo a escribir, aunque mis manos tiemblen y mi corazón pese más de lo habitual. Han pasado años, pero sigo sintiendo que aquel 11 de septiembre nunca terminó del todo. Fue como si el tiempo se hubiera detenido a las 8:46 de la mañana, cuando el primer avión se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center.
Recuerdo el cielo de Nueva York, despejado, azul, casi perfecto. Caminaba hacia la oficina con mi café en la mano cuando escuché un estruendo imposible de describir. La gente empezó a mirar hacia arriba, incrédula, mientras una columna de humo negro rompía el horizonte. Al principio, pensé en un accidente. Luego, cuando el segundo avión impactó, supe que no había vuelta atrás: estábamos siendo atacados.
El caos se apoderó de las calles. Sirenas, gritos, gente corriendo sin rumbo. Yo corría también, tratando de alejarme, pero al mismo tiempo mis ojos no podían apartarse de las torres ardiendo. Era como ver caer el mundo en directo. Y después, ese momento que todavía me persigue en sueños: el derrumbe. Una nube de polvo y silencio absoluto, como si la ciudad entera hubiera dejado de respirar.
En medio de la desesperación, vi también la grandeza humana. Bomberos entrando cuando todos salían. Vecinos ofreciendo agua y abrazos a desconocidos. Un hombre me tomó del brazo y me guió entre la multitud hasta una zona segura. Nunca supe su nombre, pero guardo su gesto como una chispa de luz en tanta oscuridad.
Los días siguientes fueron una mezcla de duelo y unidad. La ciudad lloraba, pero también se sostenía en esa fuerza invisible que surge cuando todo se derrumba. En las velas encendidas en las aceras, en las banderas colgadas en las ventanas, en los abrazos entre extraños, sentí que no estábamos solos.
Hoy, cada vez que paso por el Memorial, escucho los nombres grabados en piedra como un eco eterno. Pienso en los que ya no están y en cómo sus ausencias moldearon nuestras vidas. El 11-S me enseñó la fragilidad de la existencia, pero también la capacidad de resistir, de levantarse aun cuando el mundo parece desmoronarse.
Escribo para no olvidar. Escribo para recordar que aquel día cambió la historia, pero también para reafirmar que, incluso en la tragedia más brutal, la esperanza logra abrirse camino.

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