¿Qué le ocurre al Real Zaragoza?


Hay silencios que duelen más que las derrotas, y el del #zaragocismo en estos días es uno de ellos. Quien haya sentido alguna vez el rugido de #LaRomareda en sus tardes de gloria, quien recuerde las gestas europeas, los goles imposibles y las noches mágicas de Copa, sabe que lo que hoy vivimos es más que una mala racha: es una herida abierta en el alma de un club histórico.

El Real Zaragoza, ese equipo que fue orgullo de Aragón y respeto en toda España, se arrastra ahora por la Segunda División con la mirada baja, sin alma ni rumbo. Los resultados hablan por sí solos: derrotas que se acumulan como losas, empates que saben a poco y una sensación de que el abismo del descenso acecha cada jornada. Y lo peor no son los números, sino la apatía, la desconexión entre la grada y el césped, entre la historia y el presente.
Porque este club no nació para sobrevivir —nació para soñar. Nació para levantar trofeos como la Recopa de Europa de 1995, para regalar al fútbol joyas como Nayim, Pardeza, Esnáider o Milito. Nació para enseñar que, incluso en la derrota, se podía jugar con orgullo y con clase. Pero hoy, ¿dónde está esa identidad? ¿Dónde quedó ese espíritu batallador que hacía temblar a los grandes?
La gestión deportiva parece errática, sin un proyecto claro, sin una dirección que inspire confianza. Los entrenadores pasan como sombras, los fichajes llegan sin convicción y la cantera, antaño fuente de esperanza, languidece sin oportunidades. La Romareda, testigo de tantas epopeyas, se ha convertido en un estadio triste, donde el murmullo del desencanto sustituye a los cánticos de ilusión.
Y, sin embargo, el zaragocismo no muere. No puede morir. Porque en cada aficionado que aún acude, en cada niño que se pone la camiseta blanca y azul, en cada recuerdo de una remontada imposible, sigue latiendo la esperanza. Quizá eso sea lo más zaragocista de todo: seguir creyendo cuando creer duele.
Ojalá el club despierte antes de que sea demasiado tarde. Ojalá quienes dirigen entiendan que el Real Zaragoza no es solo un equipo: es una parte de la identidad de toda una tierra. Y que lo que está en juego no es una categoría, sino la dignidad de un sentimiento que se resiste a desaparecer.

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