Introducción
El Partenón, erigido en la Acrópolis de Atenas en el siglo V a. C., constituye uno de los mayores testimonios arquitectónicos y artísticos de la civilización griega clásica. Su construcción fue emprendida durante la época de Pericles, bajo la dirección de los arquitectos Ictinos y Calícrates, y con la supervisión escultórica de Fidias. Más que un templo, el Partenón fue un símbolo político, religioso y cultural: estaba dedicado a la diosa Atenea Partenos, protectora de la ciudad, y reflejaba tanto el poderío ateniense como el ideal estético del clasicismo helénico.
Este artículo busca analizar la relación entre la divinidad tutelar y el edificio que la consagró en piedra, explorando el significado de Atenea para los atenienses, el simbolismo de la obra arquitectónica y su pervivencia cultural hasta nuestros días.
Atenea, protectora de la ciudad
Atenea era considerada la diosa de la sabiduría, la estrategia militar y las artes. Según el mito relatado por Apolodoro (Biblioteca, III, 14, 1), nació armada de la cabeza de Zeus, tras haber sido gestada en su mente, lo cual ya la vincula con el intelecto y la prudencia. En la disputa con Poseidón por el patronazgo de la ciudad, Atenea ofreció el olivo, símbolo de paz y prosperidad, frente a la fuente salobre del dios marino. Los atenienses escogieron el regalo de la diosa, que a partir de entonces se convirtió en su protectora.
El epíteto Partenos (“virgen”) hace referencia a su carácter inmaculado y a su dedicación exclusiva a la defensa y guía de la polis. En este sentido, el Partenón funcionaba no solo como un santuario religioso, sino como la materialización del pacto entre Atenea y Atenas: la diosa garantizaba la protección de la ciudad a cambio de la veneración de sus habitantes.
La construcción del Partenón
Tras las Guerras Médicas y la destrucción de los templos anteriores en la Acrópolis por los persas (480 a. C.), Atenas emprendió un ambicioso programa de reconstrucción bajo el liderazgo de Pericles. Tal como refiere Plutarco en su Vida de Pericles (XIII, 1–8), las obras del Partenón comenzaron en el 447 a. C. y concluyeron en el 432 a. C., poco antes del estallido de la Guerra del Peloponeso.
Los arquitectos Ictinos y Calícrates diseñaron un templo dórico períptero, de proporciones armoniosas (8 columnas en los frentes y 17 en los lados). No obstante, introdujeron innovaciones que desafiaban la rigidez del estilo: ligeras curvaturas en el estilóbato y el entablamento, inclinación de las columnas y variaciones en sus diámetros. Estas correcciones ópticas buscaban contrarrestar las ilusiones visuales, logrando una armonía perceptiva excepcional (Hurwit, 2004).
El escultor Fidias, amigo de Pericles, fue el encargado de la decoración escultórica y de la colosal estatua crisoelefantina de Atenea Partenos, de aproximadamente 12 metros de altura, realizada en oro y marfil. Según Pausanias (Descripción de Grecia, I, 24, 5), la estatua mostraba a la diosa erguida, armada con lanza y escudo, y con una figura de Niké (la victoria) en su mano derecha.
El programa escultórico
El Partenón destaca por la riqueza y coherencia de su decoración escultórica, que constituye un relato visual del ideario ateniense:
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Los frontones representaban mitos vinculados directamente con la diosa: en el oriental, el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus; en el occidental, la disputa entre Atenea y Poseidón por el patronazgo de Ática.
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Las metopas ilustraban escenas de luchas míticas: la Gigantomaquia, la Centauromaquia, la Amazonomaquia y la Guerra de Troya. Estas representaciones simbolizaban la victoria de la civilización sobre la barbarie, una metáfora de la superioridad cultural de Atenas frente a sus enemigos (Boardman, 1985).
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El friso interior de 160 metros mostraba la procesión de las Panateneas, la gran fiesta cívico-religiosa en honor a Atenea. Esta representación unía lo humano y lo divino: los atenienses se mostraban junto a los dioses olímpicos, subrayando la estrecha relación entre la polis y su protectora.
Este programa iconográfico vinculaba lo mítico y lo político, la historia de los dioses y la vida ciudadana, en un discurso visual que celebraba la identidad ateniense.
Función política y religiosa
Aunque el Partenón se concibió como un templo, su función fue singular. La estatua crisoelefantina de Atenea Partenos no estaba destinada al culto cotidiano, sino a la representación del poder y riqueza de la ciudad. Parte del oro que recubría la figura era desmontable y se utilizaba como reserva económica en tiempos de crisis, lo cual confirma su papel como símbolo cívico y político (Rhodes, 1995).
El Partenón también cumplía la función de tesoro: albergaba el botín de guerra y los fondos de la Liga de Delos, trasladados a Atenas en 454 a. C. Esta acumulación de riquezas reforzaba el poderío de la ciudad y justificaba la grandiosidad de las obras pericleas.
Desde el punto de vista religioso, el templo estaba consagrado a Atenea, pero las principales ceremonias en su honor se celebraban en el Erecteión y en el altar de la Acrópolis. Así, el Partenón debe entenderse más como un monumento conmemorativo de la hegemonía ateniense que como un espacio litúrgico.
Transformaciones a lo largo de la historia
El Partenón experimentó múltiples transformaciones a lo largo de los siglos. En época tardoantigua fue convertido en iglesia cristiana dedicada a la Virgen María (siglo VI d. C.), lo que alteró su decoración original. Tras la conquista otomana, se transformó en mezquita (1460), y en 1687 sufrió graves daños durante un ataque veneciano, cuando una explosión destruyó gran parte de su estructura.
En el siglo XIX, los llamados “Mármoles de Elgin” fueron extraídos y trasladados a Londres, donde permanecen en el Museo Británico. Esta expoliación ha generado un debate internacional aún vigente acerca de la restitución de estos elementos a Grecia.
Atenea y el legado cultural del Partenón
El Partenón y su diosa tutelar se convirtieron en referentes de la identidad griega y del ideal clásico. En la modernidad, el templo ha sido símbolo de la democracia ateniense y del nacimiento de la cultura occidental. Filósofos, artistas y viajeros del Grand Tour lo contemplaron como modelo de perfección estética.
Atenea, en tanto, trascendió el ámbito religioso para convertirse en emblema de la sabiduría, la ciencia y la protección de la ciudad. Su figura ha sido reinterpretada en distintas épocas como alegoría de la razón y del civismo.
Conclusión
El Partenón no fue un templo cualquiera, sino la obra que sintetizó en mármol la grandeza de Atenas y su vínculo con la diosa Atenea. Representó la unión entre religión y política, entre mito y poder, y su programa escultórico narró tanto los orígenes divinos de la ciudad como su vocación hegemónica.
Hoy, el Partenón sigue siendo un símbolo de la herencia cultural griega, de la búsqueda de la armonía estética y del valor universal del patrimonio histórico. Atenea, su diosa protectora, continúa habitando la memoria colectiva como paradigma de la sabiduría y de la fuerza cívica.
Bibliografía
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Apolodoro. Biblioteca. Trad. J. G. Frazer. Harvard University Press, 1921.
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Boardman, J. Greek Sculpture: The Classical Period. Thames and Hudson, 1985.
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Hurwit, J. M. The Acropolis in the Age of Pericles. Cambridge University Press, 2004.
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Pausanias. Descripción de Grecia. Trad. W. H. S. Jones y H. A. Ormerod. Harvard University Press, 1918.
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Plutarco. Vidas paralelas: Pericles. Trad. B. Perrin. Harvard University Press, 1916.
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Rhodes, P. J. Athenian Democracy and the Origins of the State. Oxford University Press, 1995.

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